El marco legal —Ley Bases, Decreto 695/2025 y Resolución 1751/2025— fija una estructura precisa: el Estado conservará el 51% del capital, el 44% será licitado y el 5% quedará en manos del Programa de Propiedad Participada.
La medida no busca desprender activos, sino resolver un problema que se volvió estructural: la infraestructura nuclear necesita inversiones que el Tesoro ya no puede afrontar.
La situación operativa del parque muestra esa tensión con claridad. Atucha II volvió a la red antes de lo previsto tras su Revisión Programada, confirmando que la empresa mantiene estándares de eficiencia altos incluso en un contexto de presupuesto acotado.
Pero la Extensión de Vida Útil de Atucha I, que permitirá operar el primer reactor de América Latina por dos décadas adicionales, ya superó la mitad de ejecución y requiere financiamiento externo para completarse.
La ampliación del almacenamiento en seco de elementos combustibles gastados en Atucha II es indispensable para sostener su operación, mientras que proyectos estratégicos como CAREM 25 y RA-10 quedaron virtualmente detenidos. La apertura del capital aparece como la única vía para evitar que la infraestructura nuclear entre en un ciclo de degradación por falta de inversión.
El contexto internacional agrega una dimensión que hasta hace pocos años no existía en la planificación energética: la demanda ininterrumpida de electricidad que generan los centros de datos de inteligencia artificial (IA). La expansión de infraestructura informática exige energía limpia, estable y disponible las 24 horas.
Ninguna fuente renovable puede garantizar ese perfil sin respaldo térmico; la nuclear sí. En Estados Unidos, donde operan 94 reactores, las grandes tecnológicas ya firmaron contratos de abastecimiento directo.
El acuerdo entre Constellation Energy y Microsoft para reabrir Three Mile Island es el caso más citado: un reactor que vuelve a operar exclusivamente para alimentar data centers. En Michigan, la planta Palisades fue reactivada para aliviar una red saturada por la demanda informática.
Europa atraviesa un giro similar, con Suecia abandonando su política antinuclear, Dinamarca revisando su prohibición histórica y el Reino Unido avanzando con Sizewell C. China, con 61 reactores operativos y 39 en construcción, lidera la expansión global.
La apertura de NASA también implica un movimiento geopolítico que no pasa desapercibido. El Gobierno dio por terminado el preacuerdo con la estatal china CNNC para construir Atucha III con tecnología Hualong One, un proyecto que requería financiamiento público y compromisos bilaterales que hoy no encajan en la estrategia fiscal.
El nuevo enfoque prioriza proveedores occidentales y financiamiento corporativo bajo el RIGI. En ese marco aparece la propuesta de Nano Nuclear Energy para ingresar en Dioxitec, modernizar el procesamiento doméstico de uranio y posicionar a Argentina como proveedor confiable de combustible para el mercado estadounidense.
Es un cambio de orientación que no se había visto en décadas y que coloca al país en una red de alianzas distinta a la que predominó en los últimos años.
La apertura parcial de Nucleoeléctrica no modifica solo la estructura societaria de la empresa: altera la forma en que el sistema eléctrico argentino se prepara para los próximos años. La nuclear aporta energía continua y previsible, un atributo que se vuelve crítico en un sistema presionado por la variabilidad renovable y la dependencia del gas.
La previsibilidad de su operación permite contratos firmes, reduce la volatilidad del costo marginal y disminuye la exposición a shocks hidrocarburíferos. La entrada de capital privado acelera obras críticas, mejora la disponibilidad del parque y reduce la necesidad de importaciones de GNL en invierno. A mediano plazo, esto impacta en la estructura tarifaria y en la estabilidad del sistema.
La combinación entre infraestructura que necesita inversión, demanda ininterrumpida impulsada por la IA, giro geopolítico hacia Occidente y restricción fiscal abre una etapa inédita para la energía nuclear argentina. La decisión de avanzar con la apertura de NASA no es un gesto político: es una respuesta técnica a un sistema eléctrico que ya cambió y que necesita una base firme capaz de sostener el crecimiento que viene.