La transición energética global entró a una fase extraña. Por un lado, el mundo invierte USD 1.000 millones diarios en paneles solares. Por otro, revive centrales de carbón por miedo a quedarse sin combustible.
La arista se completa con la tecnología de moda: la inteligencia artificial, que promete automatizar el futuro, pero obliga a construir más plantas de gas natural para alimentar servidores.
La geopolítica, por su parte, vuelve a imponerse sobre el idealismo climático con la sutileza de un misil cruzando el Estrecho de Ormuz.