Ya se dio el primer paso. El Comité Científico que convocó la presidenta Claudia Sheinbaum para analizar el fracking determinó que es viable, y aunque con algunas condiciones, abrió la puerta para lo que podría ser el resurgimiento de una nueva era de bonanza para el sector de hidrocarburos en México.
Verá, la extracción a través de la técnica del fracturamiento hidráulico es lo que mantiene el suministro de gas natural a México. Recordemos que más del 70 por ciento del gas natural que se consume en el país proviene de Estados Unidos, principalmente de los campos de shale, o yacimientos no convencionales, que se encuentran en el sur del territorio. Campos que por cierto, son tan vastos que se extienden hasta el norte de México. Pero aquí por una restricción ideológica y medioambiental, no se ha aprovechado.
Una industria de este tipo representa una oportunidad histórica para el desarrollo sectorial en México, y todo esto en el corto plazo. Algunos expertos estiman que el fracking podría dejar más de 7 billones (millones de millones) de dólares en el país, aunque no cuenta la prohibición de la cuenca Tampico-Misantla, otrora llamada «La Faja de Oro»; además de proporcionarle a México la tan ansiada «soberanía energética» que promueve la llamada Cuarta Transformación.
Pero antes de echar las campanas al vuelo, es importante situarnos en la realidad. Para que se pueda vivir en México una verdadera «Era del Fracking» tiene que desarrollarse una política industrial casi desde cero, pues se trata de un negocio que poco tiene que ver con lo que mejor hace Pemex, no existe regulación, y las pocas experiencias al respecto han sido muy malas y costosas.
Para empezar, el fracking es un negocio de perforadoras pequeñas y medianas, no de grandes petroleras. Así ha sido durante décadas en Estados Unidos. Para que el Estado mexicano participe, como marca la hoja de ruta que ya se prepara en la Secretaría de Energía, que comanda Luz Elena González, y en el escritorio de Juan Carlos Carpio Fragoso, director de Pemex, es IMPRESCINDIBLE la creación de una subsidiaria totalmente nueva, que goce de flexibilidad operativa, y de un régimen fiscal mucho menos impositivo, y más atractivo, que el que se tiene actualmente con los famosos contratos mixtos con los que colabora con el sector privado.
Una industria tan importante para el futuro energético de México no puede encargarse a una subdirección cualquiera en Pemex Exploración y Producción. Es más complejo.
Este último punto da pie a plantear el siguiente gran reto: el desarrollo de una entidad que supervise el fracking desde diferentes disciplinas, con la finalidad de salvaguardar la integridad de los proyectos. Actualmente ni la ASEA, que lleva Andrea González; ni la Comisión Nacional de Energía (CNE), de Juan Carlos Solís; tienen la capacidad, ni las atribuciones legales para llevarlo a cabo, pero es INDISPENSABLE que así se haga.
La transparencia será fundamental para el éxito en la explotación de este tipo de yacimientos, donde el gas se encuentra encerrado en formaciones rocosas que se fracturan a través de la inyección de fluidos especiales, y que cada vez son más eficientes y menos contaminantes.
Otro de los grandes retos será la asimilación del tema al interior del gobierno, principalmente en los frentes más radicales de la izquierda mexicana. La orden de Andrés Manuel López Obrador desde su mandato fue clara: prohibir el fracking. Pero los datos duros se imponen y México no puede depender del gas natural extranjero, teniendo la oportunidad en su territorio. Las técnicas de fracking han avanzado mucho, contaminan mucho menos y son más eficientes en el manejo del agua. Todo esto quedó manifiesto en un foro reciente organizado por el diputado Alfonso Ramírez Cuéllar, donde se enfrentaron, con argumentos técnicos, grandes expertos de este país.
Así, al interior del gobierno la llamarada del fracking tiene varias lecturas. La primera es la oportunidad de bajar la dependencia de gas natural que se tiene con Estados Unidos. En este sentido, el fracking sería un tema de seguridad energética.
La sola idea de construir en México una industria de fracking es atractiva para los inversionistas, especialmente a las empresas perforadoras estadounidenses que operan en la cuenca de Eagle Ford que se comparte con México.
El desarrollo tecnológico que traería para México es una gran oportunidad para convertirse en un exportador neto. De acuerdo con fuentes cercanas, los primeros contratos para el fracking podrían estar listos en menos de un año. Este es un tema prioritario en Palacio Nacional, y no dudarán en empujarlo todo lo que sea necesario.