El sector petrolero y la conciliación del corto y largo plazo

El sector hidrocarburífero argentino está viviendo un momento de crecimiento notable, con cuestiones contextuales y otras endógenas que están cambiando radicalmente las expectativas de expansión. 

La normalización macroeconómica es una condición necesaria para el desarrollo petrolero acorde con los recursos existente. Si bien hay desafíos por delante, la «normalidad» económica está en proceso de concreción. Las expresiones más contundentes son la mayor estabilidad cambiaria y de precios, y la reducción del riesgo país.

Asimismo, la incorporación de tecnología y el avance en la curva de aprendizaje provocan que constantemente se superen récords de eficiencia. Los casos más paradigmáticos son la velocidad de fractura y perforación, y los tiempos de puesta en operación de un pozo.

Por otro lado, el nuevo marco jurídico (modificación de la Ley de Hidrocarburos) y mecanismos de fomento para grandes inversiones (RIGI) están generando un entorno inédito para impulsar la infraestructura de transporte y exportación de gas y petróleo.

Aspectos regulatorios

La desregulación del mercado acerca el precio doméstico al valor internacional, restándole artificialidad al mercado, con una estructura de costos e incentivos más transparente.

Las regulaciones más laxas y la apertura comercial son la llave para afrontar proyectos de mayor escala, pero también introducen sinuosidad al mercado petrolero argentino. El precio del petróleo internacional (y crecientemente el del gas) es eminentemente volátil: es muy sensible al nivel de actividad global, a la existencia de conflictos bélicos o a cualquier cisne negro o evento que trastoque la coyuntura o afecte a las expectativas.

Tan solo en lo que va del 2025 el promedio del precio del barril Brent fue de U$S 75, pero tuvo un mínimo de U$S 60 y un máximo de U$S 84 (casi 40% entre extremos). Esto altibajos tienen un impacto directo sobre las decisiones de inversión y de producción de hidrocarburos globalmente, y ahora la Argentina no está exenta.

Con un mercado cerrado, enfocado en el consumo doméstico, lánguido y sobre-regulado (el barril criollo), el efecto global era restringido. Pero el sector estaba condenado al ostracismo.

Aunque el proceso de estabilización económica avanza con resultados visibles, persisten nubarrones en el horizonte: condicionantes electorales, tensiones sociales, algunas dudas sobre el tipo de cambio, y dudas sobre el respaldo político para sostener la disciplina fiscal y monetaria, agregan ruido a la coyuntura. Todo ello genera inquieta a la coyuntura y deja su huella sobre el sendero de inversión y producción.

Las etapas de fractura son el núcleo de la actividad petrolera no convencional e implican una movilización enorme de recursos humanos y equipos.

Su evolución es el mejor termómetro sectorial: no solo marca el dinamismo inmediato, sino que anticipa la producción futura. Hay consenso en que durante 2025 las etapas de fractura serán más de 35% mayores que en 2024, y que esa tendencia podría mantenerse en 2026. Sin embargo, en junio registraron una caída del 24% respecto al mes anterior: un desplome que no pasó desapercibido. 

Asimismo, hay operadoras que se embarcan en un despliegue de inversión que les demanda fondos que pueden capturar solo parcialmente entre bancos o inversionistas. La solución para estas crisis de crecimiento la encuentran estirando los plazos de pago a sus proveedores, las empresas de servicios con recursos financieros restringidos que salen lastimadas.

Tendencias

Más allá de la tendencia de mediano y largo plazo creciente (que también puede variar), los picos o valles coyunturales requieren de las operadoras y de las empresas de servicio un sobre dimensionamiento de su infraestructura productiva, con un consecuente costo económico y financiero. 

En ese contexto, las productoras grandes tienen la espalda para sostener financieramente los valles coyunturales e incluso una declinación de más largo tiempo. En su defecto, tienen la fuerza comercial como para trasladar vía contratos todos los costos de la ociosidad (de personas o equipos) a las empresas de servicio.

Son justamente las empresas de servicio más chicas o las mismas operadoras de menor porte las que más sufren en su ecuación económica y las que más expuestas están financieramente a la volatilidad del nivel de actividad. Muchas (aunque no todas) de las noticias del sector asociadas a tensiones financieras, centralmente en empresas medianas, están ligadas a esta caída coyuntural en la cantidad de operaciones y a las dificultades que encuentran las firmas en capear el temporal.

El dinamismo y las expectativas son unidireccionales y muy fuertes en el mediano y largo plazo, pero un «sudden stop and go«, una caída subrepticia, inmediata y un tanto abrupta en la actividad con una posterior recuperación, puede generar heridas financieras difíciles de sanear.

Es central para darle sustentabilidad y sanidad al proceso de crecimiento del entramado empresarial que haya complementariedad y acción conjunta entre grandes productoras y empresas de servicios.

Así como hay un acompañamiento mutuo al encarar proyectos de mayor escala en el largo plazo, también debe existir una actitud empática de las operadoras hacia sus proveedoras de menor tamaño distribuyendo los costos de la ociosidad de recursos y el impacto financiero de manera más accesible.

En definitiva, el camino de la competitividad en el sector es central para la sustentabilidad y el desarrollo de largo plazo. Y esto será posible solo con más y mejores proveedores, con una cadena de valor sólida y resiliente.

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